Me apropio del título de una carta que envió una mujer de 78 años a El País de España sobre el tema, una tragedia silenciosa que se está extendiendo por todo el mundo a manera de pandemia y de la que muy pocos hablan. En ella dice: “Conozco y desapruebo totalmente la eutanasia pasiva que se ha implantado y se ejecuta cada día con los viejos. Eutanasia pasiva es que tengamos que pedir cita previa para todo. Eutanasia pasiva es que intentemos pedir esa cita previa por teléfono y nos conteste una máquina. Eutanasia pasiva es que te atropellen hablando como metralletas o empujando en las cajas de los supermercados sin darte tiempo a meter los productos en las bolsas. Eutanasia pasiva es que te recomienden que acudas a un hijo o nieto para que haga por ti lo que no entiendas o no seas capaz de hacer”.

Como bien lo dice Manel Domínguez, catedrático español, el edadismo va arrinconando a las personas mayores y llega esa tremenda soledad no elegida que va minando el ánimo, debilitando las defensas inmunológicas, ese alejamiento social que conlleva un dolor que afecta la calidad de vida, ese aislamiento de los hogares unipersonales tan de moda actualmente. “Si eres sénior, mujer y viuda, eres una mujer invisible, no existes”. “[Hay que] producir o morir, la exaltación de la gente joven por el hecho de producir. Si eres joven te utilizamos y si eres sénior no nos importas”, afirma.

La eutanasia pasiva no contempla la inyección letal, pero penetra en el alma cada día. Es el desamor de los más cercanos cuando la edad comienza a pasar factura en la autonomía, con la pérdida de facultades físicas y mentales; en la identidad, cuando ya la persona mayor no es actual ni como cuando estaba joven, y en la pertenencia, cuando muchas de las personas de su círculo de amistades van muriendo y se queda cada vez más aislada, limitada en sus relaciones sociales.

Es cierto que vivimos más años y con mejor calidad de vida gracias a la tecnología y los avances médicos. Pero los viejos se están muriendo por dentro de desamor, de indiferencia, de soledad. Esas jubilaciones súbitas a partir de cierta edad son muchas veces mutilaciones emocionales. La misma etiqueta de “jubilado” predispone al alejamiento. Ya nadie lo busca en el mercado laboral y no sabe cómo comenzar a vivir en este nuevo “estilo” de sano y fuerte por dentro, pero discriminado por fuera. Si es hombre y se enamora de alguien más, es tildado de viejo verde. Si es mujer, pues peores los epítetos, ya no está para esos trotes. Si los viejos participan en una conversación de jóvenes, nadie escucha porque “están gagá o chalados”.

El sistema de salud no quiere gastar dinero en exámenes costosos, porque “ya pa qué”, y se pelotean a los viejos de un lugar para otro mientras se acaban de enfermar y, si tienen suerte, de morirse rápido, para que no sigan jodiendo más a la familia ni a nadie. Sucede en España, en Japón, en Colombia, en la Conchinchina. Más que ser humano, te empiezan a mirar como un peligro. “¿Cómo así que todavía va al gimnasio?”, “¿cómo se le ocurre seguir manejando carro?”, “se atreve a ponerse vestido de baño?”, “¿y esa pinta de colores a su edad?”.

Así se pasan los días para hombres y mujeres en plenas facultades, que todavía tienen mucha vida, inteligencia, cosas por compartir, pero están viviendo sobredosis de soledad y eso se va notando en las miradas cada vez más perdidas en el horizonte, porque vivir en soledad es malvivir. Veo con terror lo que sucede a mi alrededor. Cuando visito un hogar geriátrico, siento esa soledad emocional en compañía de otros también abandonados a su suerte, en manos de enfermeros que ni siquiera saben sus nombres ni se interesan por sus historias de vida, que les hablan en diminutivos humillantes: “Coja la cucharita, tómese la sopita, vamos a la camita”.

Soy una afortunada de la vida, viajo, me divierto, peleo, rodeada de hijos, nietos, amigos. Cuando vaya a estirar la pata creo que lo que voy a hacer es dar una última patada antes de pedir la eutanasia inyectada, pero no me dejaré contaminar de esta epidemia de eutanasia pasiva que nos quiere rodear como un fantasma gris y silencioso. Caí en la cuenta de que pertenezco al rango de los arrinconados cuando hace unos días fui a un laboratorio a hacerme unos exámenes de sangre y una enfermera jovencita y maquillada me puso en la blusa un sticker. Creí que era el turno… ¡Oh, sorpresa! Cuando me miré en un espejo leí que decía: “Cuidado, riesgo de caída”. No se lo metí por donde sabemos porque ya estaba de salida.

Como afirma Domínguez en su libro Sénior. La vida que no cesa, el cambio verdadero lo vamos a dar los séniores. Sin dejarnos arrinconar, exigiendo respeto, haciendo lo que nos dé la gana, opinando lo que queramos, sin dejarnos atropellar de nadie, sacando o metiendo la pata cuando lo decidamos.

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