Siendo presidente, en medio de la guerra de secesión, Lincoln quiso hablar con su general principal, George McClellan. Fue a su casa. No estaba. Lo esperó. El militar, su subordinado, entró, no saludó, ingresó en su habitación y no lo recibió. A Lincoln ni le importó… con tal de que ganara batallas. Terciopelo. 
 
Lincoln no dudaba en exigirles a sus generales que fueran duros en la batalla, ir con todo, perseguir al vencido. Cuando McClellan le falló, no vaciló en destituirlo. En defensa de la Unión. Acero.
 
Entre estas dos, aparentemente contradictorias, suaves y duras condiciones, terciopelo y acero, situó Carl Sandburg la personalidad de Lincoln. 
 
Humildad bien entendida. La defino aquí como una conciencia especial que nos permite gobernar nuestro ego con objetividad, en bien de nosotros y de los demás. Es situarnos con realismo frente a nuestras virtudes y defectos, derechos y deberes, saberes e ignorancias. La humildad no es sentirse menos, postergarse, sufrir injusticias. Es, al contrario, virtud reguladora del ejercicio de las demás virtudes, porque nos facilita colocarnos en el justo sitio ante los demás: a veces atrás, a veces adelante.
 
Tiene mala imagen, la humildad. Especialmente en política. El poderoso así parecerá débil, cuando en realidad será fuerte. Sabe lo que no sabe y acudirá a los que sí saben; escuchará; conocerá sus lagunas y tratará de superarlas.
 
Si la audacia es una exposición de sí mismo, la humildad también puede realizarla. El humilde arriesga cuando el deber lo exige. Consciente de sus fortalezas, las pone en movimiento. Permite el coraje sin cálculo egoísta. Se atreve a ser valiente porque una fuerza interna lo sustenta al saberse al servicio de un bien superior. Conlleva abnegación, paciencia; no distorsiona fines y medios. Implica ausencia de intereses no aceptables, con las consiguientes justa fortaleza, justa acción, justo propósito. Coloca a la persona en un trono moral que alimenta su firmeza en las decisiones difíciles. 
 
Hubo tres grandes e insignes humildes, que dejaron profundo surco de valor y audacia. Lincoln, candidato a la presidencia, solicitada su hoja de vida, respondió: son “los breves y sencillos anales de los pobres”; contribuyó a liberar 4 millones de esclavos. Moisés, profeta, escritor bíblico trascendente, liberador, conductor supremo a través del desierto, quien, según la Biblia, “era un hombre muy humilde, más que algún otro sobre la faz de la tierra.” (Números 12:3). Sócrates -se le atribuye el “solo sé que nada sé”-, fue maestro arquetípico, padre de la ética. Añado un gesto. Pericles, olímpico, poderoso gobernante constructor de Atenas la grande durante su mejor siglo, llorando ante los jueces que juzgaban a Aspasia, su compañera.  
 
Opino: quizás se pueda ser más y conseguir más ejerciendo la verdadera humildad. Lo expresa San Agustín, también gran sicólogo, en el Sermón 69,2: “¿Quieres ser grande? Comienza por lo más pequeño. ¿Piensas construir un edificio de gran altura? Piensa primero en el fundamento de la humildad.”

Por: Luis Guillermo Giraldo Hurtado.

Deja un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here