Los casos de incongruencia demagógica —presentar como de interés público argumentos que, en realidad, solapan ocultos intereses particulares— son, lamentablemente, pan de cada día en nuestros medios.
Van dos ejemplos recientes y obviamente coincidentes:
De un lado, un articulista del órgano de divulgación del “cacao” más rico que ha conocido el país, sostenía el despropósito aritmético de que eliminar el “subsidio” del Estado a las pensiones de los altos funcionarios (magistrados, generales, parlamentarios, rectores universitarios, directivos de las “ías”, etcétera), podía ser la principal fuente de recursos para mitigar los elevados índices de pobreza existentes hoy en Colombia. Al efecto, se rasgaba las vestiduras e invitaba a los líderes de opinión a acompañarlo en una cruzada en pro de eliminar “esa aberrante injusticia”.
Poco después, coincidió la habitual columna dominical del presidente del gremio de los poderosos Fondos de pensiones en clamar, como de costumbre, porque se hiciera algo parecido en la reforma tributaria que el gobierno se dispone a presentar al congreso en marzo.
Por supuesto, ambos coinciden en callar que: (i) las pensiones públicas en Colombia ya tienen un tope legal de 25 salarios mínimos; (ii) que el subsidio es a la inversa: aparte de otras contribuciones, hoy las pensiones mayores a 4 s.m.l.v. subsidian a las menores con el 1% y las mayores a 20 s.m.l.v. con el 2%; (iii) que, como lo explicara aquí Jorge Eliseo Cabrera, con el mal llamado “subsidio” a todas las pensiones, el Estado apenas está pagando parte de la enorme deuda originada, entre otras razones, en la entrega de los recursos de los pensionados al saqueado Banco Central Hipotecario. Ya para 1994 el Estado adeudaba por ese concepto $ 419.000 millones de entonces; Y (iv) que, por si fuera poco, por esa época coincidencialmente se crearon los fondos privados, en su mayoría —otra coincidencia— propiedad de
conspicuos multimillonarios, para manejar el sistema de ahorro individual… y claro, allá se desviaron, con argucias, gran parte de las afiliaciones de los nuevos trabajadores, privando al régimen de prima media de uno de sus pilares claves. Por cierto —¡ otra coincidencia!—, el más grande de tales fondos privados pertenece al “cacao” de marras… Pero, coincidencialmente, los columnistas omiten pedir un tributo similar para las pensiones de los altos mandos del sector privado, hoy sin límite alguno; Y claro, coinciden también en no decir una palabra sobre el hecho de que, al gravar con mínima justicia la renta, el patrimonio y las escandalosas fortunas de sus “abnegados” benefactores, la tributación de esas obscenas riquezas equivaldría a varias reformas tributarias.
¡Qué cinismo!










