A una ciudadana de 99 años, la UGPP, su Administradora de Pensiones le modificó los  derechos pensionales que gozaba desde hace más de 40 años, de manera que   si recibía una cantidad equivalente a  un poco más de dos salarios mínimos, en lo sucesivo, solo podría contar con la mesada mínima. Esto que le sucedió a Maruja Viera, símbolo de la poesía nacional, no es un suceso excepcional, le  puede acontecer a cualquier pensionado de esa entidad o del Fondo de Previsión del Congreso.

¿Esta acción es un exabrupto o merece aplauso? Caben estas dos percepciones diametralmente opuestas porque es parte de un plan concebido como una cruzada de saneamiento pensional, en cuyo diseño y ejecución confluyen ideas y sentimientos contradictorios, unos explícitos otros silenciosos, todos poderosos. Aquellos proporcionan el discurso con el que se legaliza la actuación, y con el que se persigue el favor  de la opinión, y estos le dan el impulso, el ímpetu  para realizarlo, que en ocasiones llega a la furia.

El manto de los cruzados ha sido combatir el fraude en pensiones, sancionar el ilícito asalto a los fondos públicos. Pero la manera curiosa y expedita de librarlo cambió el sentido de la guerra. No se persigue el delito sino al pensionado. Si fuera lo primero, se hubiera cumplido con la necesidades básicas de adecuar conductas a figuras, a tipos delictuales; de identificar a los funcionarios que abrieron las arcas; y a los pensionados que presentaron  documentos falsos. Pero esto era mucho el enredo. En lugar de sospechar de unos, lo más sencillo fue declarar a todo pensionado culpable de fraude. Esta fue la lógica de la sentencia de la Corte  Constitucional del 2013, – por la que, amable lector,  declaro,  fui afectado, para que filtre mi sesgo- la que funcionó como bendición y manual a la burocracia que conformarían, llamémosle así,  brigadas de saneamiento pensional.

La Corte Constitucional no hizo   examen de conciencia de cómo su doctrina sobre derechos pensionales y  autorización a los jueces para que dispensarán derechos de manera definitiva mediante tutelas, propició algunos no de los excesos que ahora prometía corregir. Tampoco las entidades le han dado relevancia al estado del arte jurídico para cuando se concedía la pensión. La responsabilidad total quedó en cabeza del pensionado que se limitó a hacer una petición, allegar los documentos que se le requerían y recibir la pensión que se le otorgaba.

El guante fue recogido por la burocracia al que se le encomienda un fin prosaico pero vital para el Estado: mejorar el recaudo parafiscal y disminuir los egresos por mesadas. Tesis aunque flojas se validan si prometen rendir  frutos en el balance económico, y siguiendo el esquema mental de la Corte en esa sentencia, las teorías discrepantes  son tramposas. Ayer había pluralidad de regímenes, cada uno con su ámbito propio: la de los seguros sociales y la de la previsión social. Estas, imponían afiliaciones cada una por su lado, y con el derecho a recibir de cada uno, pensión. En el régimen de hoy está proscrita la múltiple afiliación, en un sistema que comprende a todos. Lo que no se puede es trasladar la prohibición del presente, al pasado en el que ganó su pensión Maruja Viera, y que de ella quede la imagen de haberse beneficiado de una patraña.   Es una falsificación de la historia ver pecadores para cuando no existía el pecado.

El barniz de legalidad no le libra de la falta de compasión. ¿Si no se tiene con Vieira, con quien por favor?  La implacable espada que retumba en la balanza, dice el poeta. El filo duro de la  ley, corta sin compasión. Themis, de ojos vendados  no sabe que la contundencia de la justicia lastima a personas vulnerables.

Entonces vamos a la equidad, a la lucha por la igualdad. Promesas repetidamente incumplidas, décadas perdidas, los índices Gini de desigualdad nos ponen a competir con Haiti.  Y se pretende lavar la monumental derrota o desidia con triunfos menores, con medidas marginales, cayendo con todo el peso de la ley sobre las rentas de trabajo de los que ya no trabajan, siendo blandos con las del capital y el patrimonio.

La falta de sinceridad en los motivos de la cruzada queda en evidencia con el rayito de luz que proporciona un suceso que, aunque accidental, espantoso. El ponente de esa mencionada providencia  de la Corte Constitucional, un tal Pretel, mientras  escribía la sentencia que rezuma indignación  por el excesivo cobro de los pensionados y estremecimiento  por las supuestas trapisondas de estos, urdía cómo mejorar sus ingresos, su generoso salario, sin pudor y para vergüenza de los justicia, exigiendo sobornos.

Y el proceso silencioso que le pone ímpetu a la cruzada es el de las fuerzas constantes  que subyace en el avance de la historia,  las de las tensiones entre generaciones,  las jóvenes que se apresuran a desalojar la de sus mayores, y a ocuparse, prometen hacerlo con mejor pronóstico, de la suerte de la sociedad. Y, no basta con mandar al retiro a los ancianos, sino desposeerlos de lo que ven como privilegios, que es todo aquello a lo que ellos ya no pueden acceder. Las pensiones son reflejo de los salarios, y sin aquellas son impúdicas estos también. Pero para qué molestarse por los buenos salarios si es un un derecho al que pueden en algún momento acceder.  ¿Cuáles fueron las manifestaciones  de indignación cuando se hundió la ley que proponía recortar la remuneración de los congresistas? La doctrina sobre pensiones cambió radicalmente cuando esta quedó en manos de los que quedaron por fuera del régimen de transición.

Los lectores de los setenta, del Diario de la Guerra del Cerdo,  de Bioy Casares, se estremecían con una distopía.  Los de hoy,  Maruja Viera y los pensionados, los de algunas administradoras, viven la vida como Isidoro Vidal, el protagonista de la novela. Un jubilado que se sentían diariamente horrorizado  por lo que le pudiera ocurrir en una sociedad en la que es plausible prescindir, desterrar a los ancianos. Imágenes patéticas han sobrevivido al olvido, luego de muchas décadas de su lectura. Una cabeza calva que sobresale por encima el espaldar del asiento del piloto, y un motor que demora arrancar una vez la luz se ha puesto en verde, es suficiente para delatar que se trata de un anciano y descubierto, el joven, que va en su coche atrás, tiene licencia para cobrar la demora que  padece, haciendo de la brillante testus  el blanco de su disparo. O la tardanza en la iniciación del partido de fútbol, puede ser distraída buscando dentro de los asistentes el más viejo, para ser lanzado por los aires.

Los pensionados viven bajo el pavor diario de recibir una notificación de la Administradora de Pensiones, de la UGPP o del Fondo de Previsión del Congreso en las que les anuncie nuevas tesis para mermarles sus derechos. Inútil el esfuerzo plasmado en la Constitución Política, de asegurar a los mayores pensionados vivir sin temor y a salvo de la miseria, con promesas contundentes como la que los derechos adquiridos, adquiridos están, o que las pensiones no podrán ser rebajadas  por ningún motivo. Fue la Corte Constitucional la que abrió  puertas a esas  murallas para que entren las autoridades  de hoy a hurgar en los derechos pensionales concedidos ayer, con poder para que lo que fue adquirido según viejas reglas, sea revisado si lo fueron  con arreglo a la ley para entonces desconocida, la que vino después. Y, el terreno ya está preparado para que tiemblen todos los pensionados, – hago parte de ellos- ,   para que los funcionarios de hacienda preparen sus textos de ley que contemplen impuestos a las pensiones, ya han sido dos los intentos, con los que el valor de las pensiones puede retrotraerse a cinco años atrás, y los incrementos que dio el Estado en varias anualidades, tragarselos de un solo golpe.

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