
Por: Jesus Tous
La historia reciente de Colombia también es la historia de su emigración. Desde la década de 1960, millones de colombianos hemos dejado el país en distintas oleadas, impulsados por la combinación de violencia, crisis económicas y un mercado laboral incapaz de ofrecer oportunidades suficientes. La informalidad laboral, que rondaba el 35 % en los años sesenta y hoy supera el 54 % de los ocupados, ha sido uno de los factores que explica por qué tantos de nosotros buscamos un futuro fuera de nuestras fronteras.
Las grandes olas migratorias coincidieron con algunos de los momentos más difíciles del país. En las décadas de 1970 y 1980, la crisis cafetera, el desempleo y el deterioro económico aceleraron la salida de miles de personas. A finales de los noventa, la recesión de 1998, cuando la economía se contrajo un 4,2 %, produjo una nueva oleada migratoria: una encuesta publicada por El Tiempo en 2000 mostró que el 63 % de quienes emigraron lo hicieron por razones económicas y el 20 % por motivos de seguridad.
Hoy somos una diáspora que supera los cinco millones de personas y que se ha convertido en un actor económico de enorme relevancia. En 2025, las remesas alcanzaron un récord histórico superior a los 13.000 millones de dólares, cerca del 3 % del PIB nacional. Detrás de esas cifras estamos millones de colombianos que, desde el exterior, sostenemos hogares, apoyamos familias y contribuimos al desarrollo de nuestras regiones de origen.
Sin embargo, ese aporte económico no ha estado acompañado de una representación política equivalente. Los gobiernos cambian, las prioridades también, pero quienes vivimos fuera del país seguimos ocupando un lugar marginal dentro de la agenda nacional.
Colombia atraviesa una nueva etapa de profunda polarización. El gobierno de Gustavo Petro llegó al poder como expresión de un amplio deseo de cambio, mientras que la administración del presidente Abelardo de la Espriella representa un giro hacia un discurso centrado en la seguridad, el fortalecimiento del sector privado y la reducción del tamaño del Estado. Más allá de las diferencias ideológicas, la confrontación política continúa dominando la conversación nacional.
La expresión utilizada por el presidente De la Espriella de que unos se preparan para ser «destripados» y otros para «destriparlos», que generó una amplia polémica, refleja el nivel de confrontación que caracteriza el debate político actual. Mientras esa disputa ocupa el centro de la escena, nuestras necesidades como colombianos en el exterior siguen esperando una respuesta estructural.
Al mismo tiempo, el contexto internacional ha cambiado. Los países que durante décadas recibieron a la mayoría de los migrantes colombianos, como Estados Unidos y España, han endurecido sus políticas migratorias. Aunque han surgido nuevos destinos en América del Sur, establecerse legalmente en otro país es hoy mucho más difícil que hace décadas.
Frente a esta realidad, muchos seguimos esperando que el Gobierno colombiano atienda nuestras necesidades, proteja nuestros derechos o facilite nuestra integración en los países de acogida. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que, independientemente de quién ocupe la Casa de Nariño, la diáspora no ha sido una prioridad sostenida de la política pública.
Por eso debemos replantear nuestra estrategia. Nuestra mayor fortaleza no está en esperar las decisiones del gobierno de turno, sino en nuestra propia capacidad de organización. Si logramos construir comunidades sólidas, asociaciones permanentes y redes de apoyo en los países donde vivimos, podremos defender mejor nuestros derechos, facilitar nuestra integración, generar oportunidades económicas y tener una voz más fuerte ante las autoridades de los países de acogida.
Los más de cinco millones de colombianos que vivimos fuera del país representamos un enorme capital humano, económico y social. Si logramos organizarnos de manera permanente, más allá de las coyunturas políticas de Colombia, podremos convertirnos en un actor con capacidad de incidencia tanto en nuestro país de origen como en las sociedades que hoy nos reciben.
La fortaleza de nuestra diáspora no dependerá únicamente de quien gobierne en Bogotá, sino de nuestra capacidad para unirnos, participar y construir colectivamente el futuro que queremos para nosotros, nuestras familias y las próximas generaciones de colombianos en el exterior.
Email: jesustous@hotmail.com













