Entre los rasgos distintivos de la población que ha pasado por la pandemia del COVID, se propone uno para destacar: el agobiante sentimiento de vulnerabilidad de la vida, pues ha quedado en evidencia que esta pende del azar del contagio, el que acarrea variedad de afectaciones a corto y a largo plazo, cuando no la muerte.
Desapareció la confianza general de los que en mitad de la vida se sentían lejos de cualquier achaque o de la muerte, y aún de los de sesenta, que veían a distancia el declinar de los días. Antes, el obituario no se ocupaba de la familia y amigos, sino de cuando en vez, ahora, en una sola semana de ellos son varios de los registros de defunción.
El acecho de la muerte hace mella en la tradicional cultura de ocultarnos que somos tiempo que pasa, día que declina, vigor vital que decae. De la vejez no hablan ni han hablado los jóvenes pues no es asunto de ellos. Y los viejos, prefieren guardar silencio, para notarla menos.
Dos periodistas Lorenzo Madrigal y Felipe Zuleta Lleras se han ocupado recientemente de su vejez. Estos testimonios públicos son escasos, y en una semana coinciden dos, de meritorios columnistas, y cada uno de ellos revela de manera distinta una misma realidad.
Héctor Osuna, el Lorenzo Madrigal, a sus ochenta y seis años, de elegante pincel y pluma, se resiste a dejar el oficio de captar rasgos faciales y del carácter para plasmarlos en caricaturas, o él que sabe por donde le entra el agua al coco, de plantear la aguda y pertinente polémica. Tiene una tranquila y amable percepción del acabamiento natural.
Los mayores llegamos por fuerza hacer una pausa, y no es esta una despedida.
Es la mayor edad tiempo de hacerse a un lado, en la medida de cada cual.
Pero sí, las cosas cesan, el interés sobre muchas decae, el desencanto cunde.
Zuleta Lleras, de sesenta y dos años, dice ver la vejez en sus tíos de 76, pero parece que padece desde ya la tragedia, vista como un gusano que corroe la vida.
Personalmente me aterra el hecho de ser un anciano, pues nos volvemos una carga para quienes nos rodean. Nos movemos con dificultad, perdemos nuestras facultades físicas y mentales, empezando pro la memoria; nos llenamos de achaques y dolencias, y perdemos en algún momento nuestra capacidad de controlar nuestras necesidades.
La vejez es una medida de vida esquiva y caprichosa. Ha cambiado con la historia por cuenta de la longevidad humana. Para los romanos los seniors, los ancianos de hoy, eran los de cuarenta y nueve años. La edad provecta, que en su significado etimológico es el que es lanzado hacia adelante, un proyectil del que hay que despedirse, a los 80.
Es un acertijo genético, indescifrable. No tiene un signo equivoco. Canas, calvicie o arrugas no son siempre fiables. No avanza a ritmo constante. La vejez puede asomarse de forma temprana, lentamente, o de golpe y apresurada.
Es una creación social. Sus costumbres y normas marcan cuando se inicia el proceso de apartamiento de los mayores de la vida productiva, del ejercicio de la política, de la vida social. Bondadosa y silenciosamente van desapareciendo de la vida. Y quienes se resisten quedan expuestos a reclamos públicos, como lo fueron Jorge Mario Eastman y Augusto León Restrepo. Hace algunos años, aquel contaba graciosamente: me llegó el rumor que circula en las calles de Manizales: ¿No saben? Jorge Mario y Augusto León, andan todavía vivos, en Bogotá. Alberto Lleras Camargo, según cuenta Zuleta, ante el anuncio de la instalación de un busto suyo en la OEA, y la advertencia de que ese era un homenaje para personajes fallecidos, y para que no se perturbara su inclinación al ostracismo, expresó: ¡Que no sepan que estoy vivo ¡
La institucionalidad de los derechos humanos ha tenido que salir en la defensa de los ancianos a quienes además del ultraje de los años (Borges), deben padecer la tiranía social.
La Organización Internacionales ha identificado como tercera causa de discriminación social, el edadismo, la de clasificar homogéneamente a todos los ancianos bajo el estereotipo de mueble viejo, y de condenarlos a la marginalidad por inútiles. Es cierto que hay una disminución de capacidades cognitivas y de movilidad, pero ello no puede ser motivo para infantilizarlos, para sustituirlos y menoscabar su autonomía, y menos para ser intolerantes, por no desplazarse con agilidad en un estrecho andén, en el cajero automático, en la registradora del supermercado.
Edadismo protector fue el que practicó el gobierno anterior, que sirviéndose de algunos datos de la pandemia que revelaban lo obvio que mueren mas los viejos que los jóvenes, dispuso su encerramiento, medidas que llevaron a Rudolf Hommes y a Humberto de la Calle a formular una tutela, cuya revisión está en manos de la Corte Constitucional, y de la que hay que esperar un pronunciamiento esclarecedor. Si la propuesta de la ponente fue la de considerar los hechos superados, la mayoría de la Sala de Tutelas fue la de hacer un pronunciamiento de fondo.
La Convención Interamericana sobre los derechos Humanos de las Personas Mayores, que fue ya incorporado a nuestra legislación, sentenciosamente: Queda prohibida por la presente Convención la discriminación por edad en la vejez. Así que no más, esos jóvenes que asumen arrebatadoramente la labor de gerentes y quienes impulsar la empresa practicando el edadismo digital, prescindiendo de ese grupo de mayorcitos a los que no se les da eso de los computadores.











