Hace unos años, en vista del frenesí de despilfarro de las súbitas y multimillonarias regalías en algunas regiones productoras de petróleo se sucedió una suerte de alicoramiento colectivo por ingesta abusiva de las regalías, tanto que un autorizado funcionario nacional decidió prender públicamente las alarmas y llamar al orden. La reacción no se hizo esperar, un notable local le respondió declarando persona “non grata” al atrevido funcionario y lo conminó a no entrometerse en cómo y en qué los lugareños se gastan “su” dinero. El episodio dio lugar a reeditar el viejo, pero no del todo superado, debate entre centralismo autoritario vs. autonomía regional que, desde los tiempos de Bolívar y Santander, ha causado tantas guerras entre nosotros. El debate sigue vivo, lo acaba de poner en vigencia el Senado de la República durante su sesión inaugural del 20 de julio, pero se trata, por supuesto, de un falso dilema.
Es que no somos varios países, el andino, el costeño el paisa y el de los territorios nacionales, no, somos uno solo. Una nación no es la sumatoria de respetables regionalismos, más o menos bien avenidos, no. La construyen, además del idioma, la raza, la geografía y el paisaje humano compartidos. Existe una comunidad de valores, instituciones y propósitos colectivos trascendentes que, a fuerza de practicarse a veces abnegada y porfiadamente, se afianzan en el conjunto social.
Puede suceder que, ante la precariedad o ausencia temporal de tales valores, surjan mezquinos intereses caudillistas disfrazados de orgullo regionalista. Así fue como se impidió la consolidación de la gran Colombia y con un negligente desdén capitalino se propició la separación de Panamá.
Se trata de alcanzar un delicado, pero indispensable equilibrio entre la fortaleza, un poco abstracta, de los bienes y valores que conlleva la nación (el país grande) y aquellos un poco más próximos y afectivos, asociados con el paisanaje (el del país pequeño) local o regional.
Por sobre todo se debe tener claro, lo importantes no es solo aquello que nos pertenece sino también aquello mayor, más elaborado, grande y permanente, a lo cual pertenecemos.











