Héctor Moreno

Aunque ya no me sorprenden, leer y oír ciertas voces pontificales  iracundas  (que, por cierto, siempre dicen hablar desde el lado de los “buenos” o, al menos, del de la “mayoría silenciosa”), no deja de inquietarme. Algunos son columnistas de ambos géneros, otros airados ciudadanos de múltiples clases, oficios y procedencias; muchos reclaman salud, salario y educación gratuitos, permanentes y universales (sin decir de dónde saldrá el dinero para pagarlos); otros, a duras penas disimulan su cercanía con  nuestros “cacaos”( y sus obscenos privilegios), o  pasan por sufridos y abnegados parroquianos que claman por “Libertad y Orden”, sin tampoco precisar cómo se debe lograr que tales paradigmas consignados en nuestro escudo, se evidencien  en nuestra realidad, de una manera menos simbólica que el istmo de Panamá o el amenazado cóndor de los Andes.

 Pero lo que me inquieta de esas voces es su unánime y furibundo desprecio por la  política. Sí, por supuesto, todos sabemos que, por ser axiomáticamente intrínseca a cualquier sociedad, independientemente de la ideología que la inspire, habrá política mientras haya humanidad, esa no es la cuestión. Lo que sucede es que mientras más se abomine de la política, menos ciudadanos “buenos” votarán, menos gente capaz e idónea irá a los cargos públicos y más de lo público quedará a disposición de los “malos” (que son los menos). 

De ahí que, a mi modo de ver, una de las tareas colectivas más urgentes de la nación colombiana, sea rescatar por y para la gente la dignidad de lo público y de la vida pública (que no otra cosa es la política) pues, con temeridad suicida y pese a su importancia crítica, se le suele echar la culpa de todos los males y desgracias sociales, sin distingos. El desprecio por la política llega a su clímax en el generalizado odio a los parlamentos y los congresistas. Por supuesto, en ello, no faltan razones: ¡hay que ver el cinismo y el desparpajo—a la vez impúdico e impune—, con que actúan algunos personajillos del medio! Así y todo, se trata de una generalización torpe e injusta, una manera bastante peligrosa de escupir hacia arriba… Es que, como decía Luís Carlos Galán (sí, un político), “para bien y para mal, en el Congreso se refleja la sociedad colombiana tal cual es”.

Por ende, sólo podremos tener una mejor dirigencia haciendo mejor la sociedad de la cual los protagonistas de lo público son reflejo. Sólo superando el “importaculismo” individual podemos hacer que los gobiernos y los políticos se comprometan con el bien de todos; sólo dejando de ser una sociedad vividora y equívoca, dejaremos de  generalizar los males y particularizar los privilegios… y de culpar a otros de nuestras desgracias (los políticos, el gobierno, la oligarquía, los comunistas, las farc, los curas, los gringos, el vecino), cuando son nuestra insolidaridad, codicia, apatía y nuestro desprecio por lo  colectivo, las verdaderas raíces de nuestra tragedia. Y sólo  venciendo tales dolamas nos libraremos de ser gobernados, unas veces por déspotas poco ilustrados, pero ceñudos y autoritarios; y otras, de caer en las manos ineptas de inefables “saludadores de la bandera”. Si siempre pagamos coimas y mordidas para ganarnos desde la fila en la vacuna hasta la sentencia o el contrato, siempre habrá corruptos en el Estado; si no votamos, siempre votará alguien por nosotros; y si siempre votamos contra otros, alguien siempre votará contra nosotros.

En realidad, “libertinaje y desorden” parecerían ser vocablos más apropiados para describir las vivencias de la hora. Pero tenemos también grandes logros públicos de qué enorgullecernos derivados históricamente de un ejercicio equilibrado y sensato de la política y de nuestros valores. ¡Viva la Política!

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