La cultura humana es la acumulación milenaria de experiencias. El Homo sapiens desarrolló la facultad, apenas incipiente en otras especies animales, de recordar sus experiencias y transmitirlas a sus hijos y a otros miembros del grupo. Su memoria es corta, así que inventó instrumentos de apoyo que le permiten acumular información. Desarrolló el lenguaje y mucho después, la escritura y las bibliotecas. La imprenta popularizó los libros y dinamizó el crecimiento del conocimiento; y hoy, los medios digitales, últimamente la inteligencia artificial, permiten manejar una cantidad inimaginable de experiencias.

La gran ventaja que le dio este proceso a nuestra especie sobre las otras radica en que no tenemos que aprender siempre desde el principio. Alguien se dio cuenta hace 900.000 años de que puliendo una roca fabricaba un hacha de mano que le facilitaba procesar la carne de sus presas, y otro, unos 850.000 años después, le amarró un mango de madera.

Hace unos 10.000 años descubrieron que se podían sembrar las plantas silvestres, y que poco a poco se mejoraban sus características sembrando siempre los mejores ejemplares. Las observaciones repetidas empezaron a generar hipótesis explicativas y predictivas, leyes.

El Levítico, 19:19, nos ordena no aparear bestias de diferente especie ni sembrar dos clases de semillas al mismo tiempo. Primera evidencia de observaciones sobre la genética, y del uso de esa revelación para mejorar la productividad de hatos y sembradíos.

El mandamiento de honrar a padre y madre es una anomalía en la norma evolutiva de que los individuos dejan de ser importantes después de la época reproductiva. Para los humanos se volvieron socialmente importantes las personas que acumulaban conocimiento, los ‘expertos’.

Con eso se volvió importante también la educación, que era una forma de transmitir abreviadamente un cúmulo de experiencias. Filipo II de Macedonia consiguió para su hijo Alejandro buenos tutores. Para la lucha y el dominio de los caballos contrató a Leónidas de Epiro; para lectura, escritura y música, a Lisímaco de Acarnania, y para asuntos varios, a Aristóteles.

Hoy parece que vivimos años de desconfianza absoluta en todo (menos en aquellos líderes que también desconfíen de todo). Esa desconfianza ha alcanzado a los expertos, que se desprecian como “tecnócratas que saben todo, menos lo que realmente importa”. Lo realmente importante, para la nueva sabiduría popular, es la última ocurrencia, lo consonante con discursos de moda. ‘No vayas a dejar que la realidad te dañe un discurso tan hermoso’.

Hay dos cosas que hacen al experto. Una es un conocimiento básico, lo más sólido y profundo posible, adquirido en las instituciones educativas que hemos construido (y eso incluye instituciones no formales, lectura, autoaprendizaje y actualización). Otra, el haber tenido experiencias prácticas en su campo; oportunidades de medirse en la solución de problemas reales. Esos dos componentes le otorgan la competencia crucialmente importante de reconocer cuándo no sabe, lo que no sabe. Quien no la tiene termina inventando lo ya inventado y, peor aún, inventando lo que ya se inventó y fracasó. No hay buenas ideas que no se basen en conocimientos previos, ni grandes innovaciones que ignoren las innovaciones pasadas.

Es cierto que para gobernar se necesita más que ser experto. Se decide enmarcado en una visión de mundo y basándose en consideraciones políticas y morales. Pero las ‘jugadas audaces’ no pueden prescindir de análisis de factibilidad ni omitir cálculos de probabilidad de éxito y de costo beneficio. El buen gobernante debe saber convocar a los expertos adecuados. Ellos no son viejos cuadriculados y sin imaginación; son los auténticos promotores del éxito de las buenas ideas.

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