El confinamiento debería permitirnos reflexionar sobre asuntos que suelen subordinarse a otros afanes del día a día. Tal es el efecto de procrastinar que conlleva riesgos de carácter social más peligrosos que el coronavirus mismo. 

Se trata de develar múltiples verdades a medias que son, las más dañinas de entre todas las falsas verdades. Su presencia impide consolidar valores, bienes, logros y propósitos nacionales como la equidad, la democracia representativa, el Estado social de derecho y la legitimidad institucional.  

La más de las veces esas falacias se han convertido, a fuerza de repetirse de manera consuetudinaria y acrítica, en adagios populares; otras en frívolas creencias o en maliciosos rumores; y en no pocas ocasiones, son inducidas perversamente para desacreditar un colectivo a partir del pecado de algunos. 

Las verdades incompletas provienen también de expresiones de la “opinión pública” que suele ser la “opinión publicada” en los grandes medios o fruto de abusos en las redes. Pero vamos al grano: 

1.“EL VIVO VIVE DEL BOBO”. Esta cínica “verdad” suele proclamarse simultáneamente con el decir aquel de “papaya servida, papaya partida” donde se refleja la funesta legitimidad que buena parte de nuestra sociedad le ha dado a la ubicua presencia de los avivatos y los tramposos. Siguiendo los escritos y conferencias memorables del ex rector de la universidad antioqueña EAFIT Juan Luís Mejía, de Juan Gossaín y de Lázaro Tobón, se evidencia una coincidencia en afirmar que en el trasfondo de la corrupción y otros males del país, está la práctica tolerada de este inicuo adagio popular. 

2. “LA POLÍTICA ES ESENCIALMENTE CORRUPTA” Se trata de una “verdad” extendida por el mundo. Es evidente que la política es una de las actividades humanas donde es más visible y dañina cualquier ilicitud. Los ciudadanos tienen derecho a esperar que quienes estén a cargo de lo público no sólo parezcan honorables, deben ser de verdad, “los más honestos y capaces”. Luis Carlos Galán, decía que en la gestión pública se refleja la sociedad tal cual es, y no siempre tal como debería ser.

Esta lúcida tesis lleva implícitas reflexiones muy válidas: reconocer que el ejercicio político y sus actores reflejan necesariamente lo bueno y lo malo de la sociedad a la que pertenecen y, solo serán mejores en la medida en que se hagan mejores su entorno y sus electores. Por ende, son contrarias a la verdad las generalizaciones como aquella, que decía que “la mayoría de los colombianos son narcos”. No.

Desacreditar el servicio al Estado, es desanimar a los candidatos idóneos a participar en lo público y sin remedio todo quedaría en manos de los más ineptos y codiciosos. Existe la perversa práctica de hacer política estigmatizando la política y eso propicia el advenimiento de regímenes autoritarios. Sucedió con el nazismo y el fascismo y sucede hoy con el chavismo, el trumpismo, el bolsonarismo y otros “ismos” caudillistas y demagógicos. Una vez en el poder, esos políticamente “asépticos” infligen lesiones profundas a la democracia y a los derechos ciudadanos. 

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